viernes, 3 de agosto de 2018

Y que se hace la luz


Cardenismo
Lento de entendederas, según se decía antes, casi para terminar encontré la hipótesis más apasionante: entre un Estado rudimentario, el cardenismo construye otro paralelo, por llamarlo así. Lo forman esos miles de funcionarios públicos que llevan instrucciones cuya operación final deciden ellos mismos, sobre la marcha, confrontando al poder local compuesto por presidentes municipales, gobernadores, jueces, terratenientes, empresarios, curas párrocos, obispos, caciques menores que controlan a campesinos y obreros, profesionistas -médicos, por ejemplo- a quienes el prestigio convierte en autoridades de facto. Al lado suyo están líderes o direcciones populares con quienes acuerdan o coinciden. En lo alto, cargos gubernamentales que tienen o se dan permisos extraordinarios.

Este supuesto debe confirmarse bien a bien y dibujaría un panorama excepcionalmente animado, revolucionario por naturaleza. 

El indicador con mucho más sólido a mi mano son los maestros rurales. Escuchemos a Arnaldo Córdova: “En el proceso de reorganización política de la sociedad mexicana llevado a cabo por el cardenismo (…) ningún grupo social se distinguió tanto como los maestros de escuela primaria y entre éstos, en especial, los maestros rurales, por su actividad política en el seno de las masas trabajadoras. De hecho, casi no hubo organización o lucha popular en que los maestros elementales no jugaran un papel destacado como agitadores, propagandistas y organizadores. Sin exageración, se puede afirmar que en buena medida el cardenismo cumplió su obra gracias al concurso extraordinario de los trabajadores de la enseñanza, sobre todo en el campo, y que de no haber contado con ellos sus esfuerzos se habrían frustrado o habrían sido muy limitados”.
Desde 1920 el régimen hace de la Secretaría de Educación Pública (SEP) su gran instrumento cultural. Los recursos humanos y económicos empleados en ella son enormes, gobierno tras gobierno. Aunque las directrices cambian, va creándose una creciente relación del magisterio con los sectores populares, que tiende cada vez más al socialismo criollo.
Cuando llega el cardenismo hay, pues, miles de maestras y maestros acreditados ante comunidades rurales, sobre todo, pero también entre barrios y colonias urbanas. No es raro que su palabra compita con las de los religiosos, en una progresiva, irreparable confrontación ventajosa para ellos, cuya vida transcurre con el pueblo, dentro y fuera de los espacios educativos, sobre todo campesino, conforme señala Córdova -al cual abandonamos ahora, momentáneamente, en las citas.
A partir de 1929 los propios programas escolares alientan al mentor a promover actividades técnicas, productivas, que inciden en la salud, y la educación socialista diseñada por Narciso Bassols tres años más tarde reanima las Escuelas Centrales Agrícolas (ahora Escuelas Regionales Campesinas). A un tiempo se “incrementó la finalidad cooperativista y colectivista de la educación, y la Dirección de Misiones se convirtió en el Departamento de Enseñanza Agrícola y Normal Rural, lo que ocasionó que las misiones perdieran su carácter ambulante y se anexaran a las Escuelas Normales Rurales para tener más contacto con las comunidades”.
Apenas declarado presidente, Cárdenas cuenta con este auténtico ejército que tiene experiencia en dar batallas contra los poderes de hecho y de derecho.
“…el socialismo nutría la casi mística creencia que muchos poseían de que la escuela podía crear una nueva sociedad”, escribe un especialista sobre nuestras normales rurales ya a fines de los años 1920. Y sigue: “Mientras que para unos esta orientación significaba socializar los medios de producción, para otros representaba simplemente una lucha contra el alcoholismo, la superstición y el fanatismo religioso…” Cárdenas, agrega, “tipificaba un punto intermedio: la humanización del capitalismo” o, según otro investigador, “una escuela inspirada en la doctrina de la revolución mexicana”.
Si esto último es cierto debe determinarlo una confrontación historiográfica aún viva. Para nosotros indica algo muy sugerente: los normalistas rurales quizás desbordan el propósito presidencial. Habría en ello una posible relativa independencia de las autoridades que dirigen la SEP y relaciones directas entre proyecto educativo y organizaciones sociales.
Pronto veremos las reformas que el cardenismo en ciernes hace al Plan Sexenal callista, y durante la campaña electoral, centrales sindicales, ligas agrarias y fracciones del propio magisterio se manifiestan pública, activamente por la educación socialista, en movilizaciones que organiza el mismo PNR, enfrentando resistencias conservadoras. Hay varios actores allí, individuales y colectivos, y quiero señalar particularmente a uno, considerando lo que ejemplifica: Ignacio García Téllez.
Este hombre vinculado hace mucho al radicalismo oficial, viene de ser rector de la primera Universidad Nacional autónoma. Allí se significó por dos cosas: “la instalación de las academias mixtas de profesores y alumnos como órganos de participación y la firma del primer contrato colectivo de trabajo” con el naciente sindicato. Representa, pues, al funcionario que promueve la participación desde abajo y sirve ahora a don Lázaro como su operador en el Partido, para nombrarlo luego Secretario de Educación.
Quisiera reconstruir la estructura y personal que estarán bajo “su mando”, no tengo tiempo y me pierdo la gran historia, el día a día, donde tal vez encontraría un más o menos amplio margen de acción nivel tras nivel. Posiblemente, incluso, Téllez lo alienta.  
Sigamos a una investigadora estadounidense para observar algo en concreto: “En los diversos murales que adornan las normales rurales del país, es común encontrar la insignia de la hoz y el martillo. Este símbolo comunista que representa la unidad entre campesinos y obreros empezó a recorrer el mundo poco después del triunfo de la Revolución Rusa.” Nuestra guía dibuja los años 2010, sabiendo que la historia es antigua y parece consolidarse en 1935 cuando se funda la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México. En esos tiempos una tercera parte del Partido Comunista Mexicano está compuesta por maestros y maestras, y en ellos el socialismo criollo, como dimos en llamarle, tiene una mayor definición. Gonzalo Vázquez Vela, quien substituirá a García Téllez, está bien asociado al tejedismo y por tanto al Partido Socialista de las Izquierdas, curioso producto con aspiraciones marxistas. Por tanto, puede deducirse que el cardenismo subraya naturalmente, digamos, la noción de lucha de clases entre el magisterio, incorporándole docentes ajenos al PNR.
 

lunes, 11 de junio de 2018

Fuentes primarias

Me invitaron a una mesa sobre historia del movimiento obrero y fuentes primarias. Recordaré allí un caso.
Hace mucho investigaba el papel de los asalariados industriales y urbanos en general, durante nuestra Revolución. Me obsesionaba cómo desaparecieron sus intensos combates previos a la lucha armada. Era previsible, desde luego, pues su sitio seguía en las empresas, donde no había cómo replicarla, y los grandes cuadros pasaron a los ejércitos populares y constitucionalistas. Aun así hubo momentos propicios para que irrumpieran. 
Uno era el maderismo y se registraba allí solo un movimiento mayor, la huelga general textil en 2012, convertida bibliográficamente en un lock out patronal.
Habían pasado nuestros mejores años como militantes del extraordinario auge que se producía en fábricas, etcétera, y trabajábamos en el Centro de Estudios Históricos del Movimiento Obrero Mexicano, una dependencia oficial cuyo administrador terminaría recurriendo a la Polícia Judicial para deshacerse de nosotros, jeje. 
Teníamos a mano cuanto era deseable: archivos y testimonios a pasto, hemerografía capturada en maravillosas máquinas lectoras. Mariposas agitaban nuestra ávidas panzas y al revisar el supuesto lock out aquél, guiado por un instinto adquirido entre huelgas y demás, encontré la relación de contribuciones semanales que trabajadores capitalinos dieron a los paros en San Martín Texmelucan, iniciado por un departamento para enseguida pasar a la fábrica correspondiente antes del anochecer y extenderse a cuantas otras había en ese núcleo textilero. 
¿Extrañaba que después lo siguieran en Tlanepantla y el Distrito Federal? Solo quienes nada querían entender interpretarían los hechos como presión del empresariado a Madero, ocultando una obvia organización planta por planta y coordinada globalmente.
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miércoles, 11 de abril de 2018

Pecado. México, movimientos sociales "modernos"

Una vez fui quizás quien más supo sobre historia del movimiento obrero en México. Lo tenía fácil pues militaba en el contemporáneo, que carecía casi por completo de intelectuales, y había crecido en un ambiente familiar donde asalariado, sindicato, huelga, se usaban como términos cotidianos y reverenciales.
Años antes conocí los lugares en que se desarrolló la vida de mí abuelo y su mítica organización gremial, reconstruyendo el pasado e involucrándome con las luchas presentes, y así completé algo que creo fundamental: entender los lenguajes y mundos privados de una clase distinta aquí y allá y común en diversos aspectos, pues máquinas son máquinas y relaciones laborales... 
Al referirme a Ana y Malinka hablé de cuán difícil resulta asimilar al otro si media una clase social. Quienes venían de la burguesía -perdón por emplear esta palabra gastada y fielísima, que no inventaron los demagógos sino la propia burguesía, jeje- podían dedicarse en cuerpo y alma al pueblo y no ver sino su fantasma, tan como un pobre frecuenta tapices persas, sillones Luis XV y Châteaus Mouton-Rothschild sin apreciarlos realmente -más jeje y para nada jeje.
Me di el lujo, entonces y por ejemplo, de ¡descubrir la mayor huelga general durante nuestra Revolución!, que se tomaba como paro patronal o azar o pretexto -estamos hablando, pues, de yo rey tuerto y un reino historiográfico en tinieblas (jejeemos nuevamente).
En fin, fui, tiempo pasadísimo que comenzó a desaparecer cuando, consecuentes con nuestros demás delirios, ¡Poder obrero! pedíamos en las fábricas a nuestras compañeras y compañeros, ¡Poder "obrero"! se le aplicaba a quienes nos empleaban y con policías judiciales terminaron diciendo ¡Ustedes, a la calle! -súper glorioso jeje.


Ya no era universitario en 1968 y vivir el movimiento estudiantil desde fuera me impidió comprender medianamente qué sucedió. 
Seguro por envidia, pues, no lo dimensiono bien, aunque para muchos de quienes luego fueron mis amigos resultó el parteaguas y escribieron sobre ello. Esos materiales y numerosos otros están a mano y no les hago caso cuando ahora me pregunto ¿desde cuándo no se había producido un acontecimiento con tales dimensiones: las huelgas obreras de 1958-1959 o antes? 
Los comportamientos caprichosos parecen cosa común entre historiadores -no pertenezco al gremio, recuerdo-, sin que importe cuánto insistan en su puntillosa objetividad, y respecto a las luchas sociales modernas y posmodernas nuestra academia hace el Tancredo, como se diría antes usando términos taurinos.
Para contárselas a un taller, en 2012 invité a dos de los amigos a quienes hago referencia. Definieron  periodos muy distintos: uno, 1968-1988, y el otro 1958 al presente en curso. Aquél se extendería luego al propio 2012, para incluir a los universitarios del Yosoy132, y si le pidiera hoy llegar a 2018 subrayaría la movilización electoral. El segundo acentuaría las batallar magisteriales-populares entre 2013 y 2016 y la actividad del Congreso Nacional Indígena (CNI). 
Pueden deducirse sus motivos respecto al presente y a ustedes no les quedarán claros los cortes que hicieron antes. 
Ahora aparece un nuevo taller y lo daré yo mismo, pidiendo ayuda para tales y cuales sectores y momentos. Confieso que no trataría el 68 ni las luchas estudiantiles a continuación, sino fuera por mínima decencia. Puede entenderse si se considera mi hechura. 
Hablo en primera persona no para destacarme sino observando cuán tendencioso puede ser el trato de la historia.
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Aprovecho la notita para hacer apuntes del taller. Empezará con ésa advertencia, ejemplificando: 
Quien hizo el corte 68-88 concentró su interés en el gran movimiento estudiantil por hacer de lo nuevo la única virtud. Cuando para mi asombro, pues fue una experiencia que compartimos -ya veo la diferencia en el nivel-, le dedicó diez minutos al auge obrero iniciado en 1971, declarándolo muerto para 1975, pregunté ¿por qué?
-Fue una derrota -dijo a lo campechano.
Ah, caray, pensé; pues también el 68, ¿no? Obvié la afirmación de que todo terminó en 75, porque era una estupidez, excepto si se contemplaba desde la óptica que forzó el amigo: confrotación directa entre sociedad y Estado como un todo. Así, derrotada la Insurgencia Obrera (IO) cuyo centro era el STERM (sindicato electricista nacional independiente), pará qué referirse a las innumerables experiencias extendidas hasta más o menos 1982.
Detrás había otro discurso semi falso: los movimientos populares de la época fueron originados por estudiantes que se agruparon en organizaciones políticas -en particular maoístas y trosquistas-. No percibía una característica singular: por primera vez desde nuestra posrevolución la lucha se concentró en el sector privado. 
Perdió así a los años sesenta, donde se elaboraron prácticas de lucha substanciales después, sin valorar tampoco cuán sólida era la militancia fabril, sobre todo, que se desarrollaría más tarde. Y en general nada vio del proceso interno entre los asalariados urbanos e industriales en conjunto. ¿Cómo se explicaba entonces las huelgas más significativas, de quienes hizo mención más o menos merecida solo en un caso, Spicer, tomándola equivocadamente como un movimiento espontáneo? ¿Qué tenían que ver con la IO? Claro, a nuestra Cooperativa de Cine Marginal, que en efecto metió mano en casi cuanto conflicto se producía entre trabajadores y empresarios dentro de esta ciudad. Pasados cuarenta años el amigo, ahora ingente profesional, seguía sin preguntarse por los verdaderos orígenes de aquella genial huelga, cocinada poco a poco -si lo hiciera toparía, cierto, con otros clasemedieron como nosotros, pero que a su vez eran inexplicables sin procesos organizativos previos a 68 o netamente vecinales.
Aquella exposición acabó cubriéndose de gloria al responder una pregunta sobre la disidencia magisterial (CNTE):
-Por favor, hablamos de construir el futuro y no hay nada tan viejo como ese movimiento -que meses después y durante tres años conmocionaría al país por una sencilla, definitiva razón: la historia es historia, profundidad en el tiempo, y estas tierras maduran hace cinco siglos. 
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Difícilmente habrá taller. Todos están en otras, mejores cosas. A cambio daré charlas, por fuerza empobreciendo los acontecimientos. 
El cambio trae algo virtuoso. Rescataré el libro conmemorativo escrito para los cincuenta años del Frente Auténtico del Trabajo, usándolo a mi modo, con materiales sobre movimientos campesinos y urbano-populares. Habrá que partir, creo, del próximo parano nacional anunciado por la CNTE,  y aprovechar la investigación en curso sobre el cardenismo. Está ahí una liga natural: lo defendido hoy por maestras y maestros disidentes y organizaciones afines -campesinas en su mayoría- se fusionó durante el gobierno de Cárdenas y permite observar el abismo entre él y lo que propone López Obrador en particular -Morena avanza rápidamente hacia la nada. 
                             
   

viernes, 2 de marzo de 2018

Oscar de Pablo. El PCM y el cardenismo



Texto escrito exprofeso para ayudar a esta investigación

El sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-40), marcado por un ascenso sin precedentes del movimiento de masas, constituyó por mucho el momento de mayor influencia del Partido Comunista Mexicano en la historia del país y por lo tanto el momento de su principal prueba histórica. En un país cuya población no llegaba al millón y medio de personas, el partido llegó a tener 20 mil afiliados y, lo que es más importante, a través de su influencia en el movimiento social, llegó a dirigir a muchísimas más personas. Estos éxitos produjeron a su vez tentaciones políticas considerables. Así pues, el modo en que  la dirección del partido enfrenté esas tentaciones en ese periodo clave tendrían consecuencias decisivas en su propia trayectoria posterior y en la historia del país.



El PCM frente al general Cárdenas:

De la descalificación al apoyo acrítico



El PCM se había fundado en 1919, bajo el ejemplo de la Revolución Rusa, como la sección mexicana de la Internacional Comunista o Comintern. En ese punto, el programa de la Comintern estaba marcado por un inflexible internacionalismo revolucionario y de clase, programa que el PCM intentó sostener durante sus primeros años en condiciones de relativa marginalidad.

Desde mediados de los años veinte, la Comitnern empezó a convertirse, de un colectivo internacional con preponderancia de los rusos, en un instrumento internacional de la burocracia soviético, cuyos intereses no siempre coincidan con los de la revolución mundial. En esa época, la Comintern suavizó mucho su posición clasista e internacionalista, especialmente para el mundo subdesarrollado. Así pues, durante la presidencia de Calles (1924-28), el PCM atenuó su antagonismo con la ideología nacionalista dominante en México y de ese modo consiguió la dirección del masivo movimiento campesino.

Durante los años del maximato (1928-34), la relación del PCM con el estado mexicano volvió a ser una de antagonismo directo, debido a la coincidencia de dos factores: por un lado, los gobiernos de esa época, inseguros y autoritarios, persiguieron implacablemente a los comunistas; por el otro, la Comintern adoptó desde arriba una línea ultrarradical conocida como el “tercer periodo”, que ilusoriamente predecía situaciones revolucionarias a corto plazo en todo el mundo y por lo tanto ordenaba a los comunistas de cada país la ruptura de sus alianzas con otras corrientes de izquierda en el movimiento social. En realidad, este radicalismo no obedecía tanto a la predicción de posibilidades revolucionarias como a las necesidades coyunturales del gobierno soviético, que en esa época había girado a la izquierda en su propio país imponiendo la colectivización general de la agricultura y un ritmo de industrialización audaz y brutal.

Obedeciendo a esta línea, en enero de 1929 el partido había creado una central sindical propia, la CSUM, pare reunir a los sindicatos en los que tenía influencia al margen de la vieja y decadente CROM.  Más tarde ese mismo año, el partido exigió a los líderes campesinos de su seno que renunciaran a toda alianza con los políticos nacionalistas, y cuando éstos se negaron, los expulsó.

En los siguientes cuatro años, el partido se vio relegado de vuelta a la marginalidad e incluso a la clandestinidad, pues cientos de sus cuadros fueron encarcelados y deportados a las Islas Marías.

Cuando llegó el año electoral de 1934, la percusión estatal se había aflojado considerablemente, por lo que los comunistas pudieron salir de la clandestinidad e incluso participar en las elecciones,  postulando como candidato presidencial a su secretario general, el ferrocarrilero Hernán Laborde. En esa época, la lógica del “tercer periodo” aun los llevaba a hacer las caracterizaciones más exageradas de los adversarios. Así, tanto durante la campaña y como durante el primer año del gobierno de Cárdenas, el PCM lo caracterizó mecánicamente como “fascista”, por su voluntad de intervenir en la economía nacional con el primer Plan Sexenal.

Sin embargo, ese mismo año los excesos de la colectivización en la URSS empezaron a volverse insostenibles y el gobierno soviético tuvo que dar marcha atrás en su audacia colectivista. Al mismo tiempo, en el plano internacional tuvo que abandonar su retórica ultrarradical para buscar alianzas que le permitieran contrarrestar la amenaza, tardíamente reconocida, de la Alemania Nazi. Correspondientemente, en el verano de 1935, el VII (y último) Congreso de la Comintern ordenó a los Partidos Comunistas del mundo dar un giro en redondo y buscar alianzas ya no sólo sindicales, sino políticas, no sólo con las otras corrientes socialistas, sino con todas las fuerzas democráticas, incluyendo las capitalistas. Incluso el gobierno imperialista estadounidense, entonces dirigido por Roosevelt,  fue exaltado como una fuerza del progreso.

Así pues, el PCM, cuyos líderes habían asistido al Congreso de la Comintern, abandonó sus denuncias al supuesto “fascismo” de Cárdenas y empezó a colaborar con su gobierno en las gigantescas luchas sociales que entonces empezaban. Líderes como Valentín Campa, acostumbrados a vivir en la clandestinidad, de pronto podían jactarse de una amistad personal con el presidente de la republica. Así, por ejemplo, fueron cuadros comunistas (como Dionisio Encina, Fernández Anaya y Mario Pavón) quienes en 1936 dirigieron la gigantesca lucha de los peones agrícolas de la región lagunera, que culminó en una de las mayores expropiaciones agrarias de la historia de México. También fueron comunistas quienes, con la anuencia de Cárdenas, dirigieron la masiva sindicalización del sector público. Del mismo modo, fueron mujeres comunistas como la Cuca García quienes en 1935 fundaron y encabezaron el Frente Único Pro Derechos de la Mujer (FUPDM), que no sólo luchó por el voto femenino (que no consiguió) sino también por el establecimiento de guarderías, hospitales femeninos y otros servicios sociales de masas, que afectaron positivamente la vida de generaciones de mexicanos. Finalmente, a partir de 1936 el partido aprovechó la buena disposición de Cárdenas hacia la asediada república española para enviar voluntarios militares a luchar en la Guerra Civil de ese país.

Sin embargo, las mismas ventajas que el PCM obtuvo de su colaboración con el gobierno en la lucha social produjeron una dinámica que llevó inevitablemente a convertir esa colaboración en un apoyo político acrítico. Así, para marzo de 1938, cuando Cárdenas re-fundó el partido oficial con el nombre de PMR, el PCM lo caracterizó como “frente popular en forma de partido” (en línea con el lenguaje de la Comintern) y solicitó su ingreso. Si entonces el PCM no se disolvió en el partido oficial del estado mexicano fue sólo porque los estatutos del PMR no aceptaban la doble militancia. En cambio, por órdenes del PCM, el FUPDM sí se integró al partido oficial. Cuando la Cuca García quiso oponerse a esto, fue expulsada del PCM y perdió la dirección del Frente, que asumió Consuelo Uranga. Un episodio revelador en este sentido tuvo lugar en 1939, cuando el presidente Cárdenas criticó la invasión de Finlandia por la URSS dentro de los términos del pacto Hitler-Stalin. El pintor Siqueiros, estalinista sincero, salió a la defensa de la invasión soviética… y el PCM lo expulsó sus filas por criticar al presidente Cárdenas.

Al mismo tiempo, la ideología del PCM se modificó también para responder a su nueva posición como partido legal, respetable y aliado del gobierno. El nacionalismo, que en tiempos de Lenin era repudiado como ideología burguesa, fue asumido como un valor propio. Esto se expresó sutilmente en el cambio de nombre del partido, que de “Partido Comunista de México” pasó a llamarse “Partido Comunista Mexicano”, y mucho más claramente en el cambio de nombre de su periódico, que de El Machete pasó a llamarse La Voz de México. En esa época dejó de haber militantes extranjeros en la dirección formal del partido, aunque, como veremos, su sometimiento burocrático a la dirección soviética nunca había sido tan acentuado.

Por otra parte, la gran influencia de la que llegó a gozar el PCM en el aparato del estado en esos años, y especialmente en dependencias como la SEP, hizo de la militancia en sus filas un medio para conseguir empleo y ascender en la burocracia, por lo que en esa época PCM, al lado de los militantes sociales sinceros, miles de arribistas que lo abandonarían tan pronto como el partido perdiera su posición de influencia. Esta situación incluso dio pie a algunos casos de vulgar corrupción personal, los primeros y prácticamente los únicos en la historia del partido.



La CTM y la “unidad a toda costa”



Con la decadencia de la CROM durante el maximato, los comunistas habían logrado construir un movimiento sindical alterno, organizado en la CSUM, y habían logrado influir políticamente sobre los principales sindicatos industriales, como el ferrocarrilero, dirigido por el comunista Elías Barrios. El cardenismo fue el periodo donde pudieron aprovechar las mayores oportunidades para dirigir la lucha sindical. Y, sin embargo, un año después del fin del sexenio de Cárdenas, ya habían perdido esas posiciones y esa influencia, obtenidas con el trabajo de tantos años. Y lo que es más importante, la democracia sindical, tan arduamente conquistada, había sido cedida sin resistencia. ¿Cómo pudo ocurrir esto? La respuesta pasa por la decisión del PCM que tendría mayores consecuencias en la historia posterior del movimiento obrero y de la sociedad mexicana: la línea de la llamada “unidad a toda costa” al interior de la dirección de la CTM.

Ya desde el verano de 1935, para enfrentar las amenazantes declaraciones reaccionarias del ex presidente Calles, el PCM había buscado la colaboración de la corriente sindical de Vicente Lombardo Toledano (quien poco antes se había separado de la decadente CROM), y de los principales sindicatos industriales de su propio entorno para constituir un frente de defensa proletaria contra cualquier posible intentona golpista. Ese mismo verano (coincidiendo con el VII Congreso de la Comintern, donde se aprobó la línea del “frente popular”), Lombardo, que hasta entonces se había mantenido ajeno y hostil al comunismo, fue invitado a la URSS, donde fue tratado con honores por el gobierno estalinista, que se ganó su admiración para siempre. Curiosamente, al volverse estalinista Lombardo no ingresó al PCM.

En febrero de 1936, el PCM disolvió la CSUM en un bloque con la corriente sindical de Lombardo y los principales sindicatos industriales, para dar lugar a la CTM, la central sindical más grande de la historia del país. Originalmente, el lema de la central era “Por una sociedad sin clases”, reflejando el consenso pro-socialista de sus fundadores.

La fundación de la CTM fue quizá el punto más alto de la unidad proletaria a nivel sindical en la historia de México y en los siguientes años permitió gigantescas conquistas a favor de las masas, algunas de las cuales sobreviven hasta nuestros días.

Sin embargo, el aparato de la CTM se convertiría después del cardenismo en un medio para la cooptación burocrática y la contención violenta del movimiento obrero por el gobierno, factor decisivo de la estabilidad del capitalismo subdesarrollado mexicano bajo el PRI. Como veremos, la actuación del PCM durante el cardenismo fue un antecedente clave de esta evolución.

Con tal de mantener su alianza política con Lombardo, en el congreso de fundación de la CTM (febrero de 1936) el PCM retiró la candidatura del popular líder panadero comunista Miguel Ángel Velasco para el  puesto de secretario de organización y aceptaron la imposición del candidato de Lombardo, el joven líder lechero Fidel Velásquez. Para abril de 1937, las maniobras antidemocráticas de Velásquez llevaron a varios sindicatos industriales a romper con la joven central. En ese punto, los cuadros de estos sindicatos contaban con Velasco y otros comunistas para que dirigieron la lucha por la democracia sindical. Y así ocurrió en un primer momento. Sin embargo, tras recibir órdenes de la Internacional, ese verano el PCM optó por hacer todas las concesiones necesarias con tal de mantener su alianza política con Lombardo, aun reconociendo que de ese modo renunciaba a la democracia sindical. Esta medida pasó a la historia con el nombre de “unidad a toda costa”. Así, cuando en 1938, Lombardo convirtió a la CTM en un soporte orgánico del gobierno cardenista, integrándola al PRM oficial, los comunistas no protestaron.

El fruto amargo de esta decisión sólo se haría evidente después del periodo de Cárdenas, cuando, al servicio de gobiernos mucho menos progresistas, Fidel Velásquez se convirtió en el dictador absoluto de la CTM y purgó de su seno no sólo a los comunistas, sino también a su antiguo mentor Lombardo.



La culminación del burocratismo: el congreso extraordinario y del caso Trotsky



Desde enero de 1937 residía en México, asilado por el presidente Cárdenas, Leon Trtosky, quien fuera uno de los líderes de la Revolcuión bolchevique de 1917 y de la Internacional Comunista pero que para entonces se había convertido en el principal enemigo del gobierno soviético bajo Stalin. Así, el PCM se opuso a que México lo acogiera y ayudó a difundir la noción de que era una especia de agente del nazismo y otras fuerzas oscuras.

Según revelaría décadas después Valentín Campa, entonces uno de los principales líderes del PCM, a mediados de 1939 la Internacional Comunista ordenó secretamente a los líderes de su sección mexicana que organizaran el asesinato del refugiado ruso. Sin embargo, Campa y el secretario general Laborde decidieron desacatar la orden, sobre todo porque su cumplimiento pondría en riesgo la alianza del partido con Cárdenas.

Haya sido o no este desactato de las órdenes superiores la razón de lo que siguió, , lo cierto es que en octubre de ese año llegó a México una delegación de la Internacional encabezada por el argentino Vitorio Codvilla que, a través de una “comisión depuradora” asumió la dirección del PCM, decretó que Laborde y Campa eran culpables de muchos errores (“sectarismo-oportunismo”) y crímenes (corrupción y colaboración con los “trotskistas”) y eligió en su remplazo al joven obrero coahuilense Dionisio Encina, que había dirigido la huelga de la Laguna en 1936. Tanto la expulsión de Laborde y Campa como el acenso de Encina a la secretaría general del PCM fueron ratificados por unanimidad por el Congreso Extraordinario del Partido, celebrado en marzo de 1940.  Este golpe fue el últim clavo en el ataúd de la democracia interna del PCM, que había venido disminuyendo desde 1929.

Al mismo tiempo, se le concedió la razón al pintor Siqueiros en su desencuentro con el partido (el haber criticado a Cárdenas y defendido a Stalin respecto a la invasión de Finlandia), pero no se le reinstaló formalmente, pues se consideró que sería más útil como “simpatizante”.  Siqueiros, que había conbatido en el ejército carrancista y luego en la guerra civil española, era el principal especialista del partido en cuestiones militares. Otro cuadro del partido especialista en “acciones directas”, Rosendo Gómez Lorenzo, también fue formalmente separado de la organización por razones oscuras.

En mayo, estos dos hombres, junto con otros simpatizantes del PCM y el miembro del Comité Central David Serrano Andonegui, que también había combatido en España, intentaron asesinar a Trotsky y su familia en un ataque vergonzante (disfrazados de policías y gritando consignas políticas ajenas, para despistar). Aunque fracasaron en su intento, se llevaron con ellos al trotskista estadunidense Robert Sheldon Hart, que fungía como guardia de la casa, a quien asesinaron a los pocos días.

Lejos de reivindicarlo como una acción de armas legítima, Siqueiros negó que el atentado hubiera tenido lugar, y el PCM se deslindó púbicamente de los agresores, a los que llamó “provocadores”. Sin embargo, cuando estos fueron cayendo presos, el partido hizo lo posible por defenderlos. Toda la evidencia indica que en realidad habían actuado bajo las órdenes de la dirección del partido.

Cuando ese agosto Trotsky fue abatido por un agente de los servicios secretos soviéticos, el PCM también se deslindó del hecho, pero en los años que siguieron dio al asesino el tratamiento que destinaba a los presos políticos más heroicos.



Epílogo: el PCM bajo Dionisio Encina



El mismo verano de 1940 en que tuvo lugar el asesinato de Trotsky, se celebraron las elecciones generales en las que el partido oficial postuló al muy moderado Ávila Camacho como sucesor del Cárdenas. Aunque el PCM estaba en la cima de su influencia, no consideró siquiera postular candidatos opositores o abstenerse de participar, y en cambio apoyó sin la menor crítica al candidato oficial.

En los sexenios que siguieron de Cárdenas, el PCM pagó las consecuencias de la política adoptada entonces. Entonces tuvo lugar un nuevo alejamiento entre el partido y el estado mexicano, pero esta vez fue un alejamiento unilateral: conforme el régimen viraba más y más a la derecha, el estado perseguía, golpeaba y marginalizaba al PCM, mientras éste se esforzaba por ser considerado un aliado de izquierda del gobierno. Así, durante la participación de México en la Segunda Guerra Mundial, el partido suscribió el “pacto obrero-patronal” que condenaba la lucha de clases en aras de la unidad nacional. En las elecciones presidenciales de 1946, el partido volvió a apoyar al candidato oficial, que en ese momento era Miguel Alemán, quien sería uno de los más corruptos y reaccionarios del México posrrevolucionario. En 1948, incluso después de la intervención violenta del gobierno alemanista en la vida de los sindicatos (los procesos conocidos como “charrazos”), Dionisio Encina seguía insistiendo en que el gobierno de Alemán era progresista y que el PCM no debía considerarse a sí mismo un partido de oposición... lo que no impedía que el gobierno lo tratara como tal. Para ese año, la membresía del partido, que en tiempos de Cárdenas había superado los 20 mil militantes,  estaba reducida a una cuarta parte de ese número. Al mismo tiempo, el régimen interno del partido, instalado en 1940 por la imposición burocrática, sólo pudo mantenerse profundizando su autoritarismo. Todos los matices de pensamiento que variaran aun mínimamente de la línea de Encinas fueron expulsados en oleadas sucesivas, al grado que en 1950 pudo fundarse un segundo partido estalinista, políticamente indistinguible del PCM, con los cuadros que éste había expulsado. Sólo en 1960 inició la regeneración del partido y su restitución como partido reformista más o menos serio.