martes, 11 de junio de 2019

Fomento a la lectura II


I La biblioteca pública, las publicaciones y los proyectos institucionales fuera de la escuela, y la sociedad civil

La red bibliotecaria nacional
En los siete últimos años de la década anterior, hemos visto, el número de bibliotecas casi se multiplica por mil y se crean para ellas redes que comprometen a los gobiernos estatales, con un enorme aumento en la cantidad de libros y usuarios. Se abarca así a cerca del 80 por ciento de los municipios de la república.
El crecimiento se mantiene en los cuatro primeros años del decenio y a partir del quinto se intensifica en función de los nuevos programas de CONACULTA que acompañan al acuerdo de modernización educativa.
Para 2000 los establecimientos se elevan a 6 100 y engloban al 88% de los municipios del país (la totalidad de los que cuentan con al menos una escuela secundaria). Sus ejemplares a disposición llegan a 30 millones y a partir de 1994 el promedio anual de consultas se eleva a 80 millones, lo cual supone un dos mil  por ciento más que en 1983_.
En paralelo se promueve la participación directa de los ayuntamientos, consolidando una sistema de tres niveles. En el primero están las bibliotecas “centrales”, que cuentan con un acervo inicial de diez mil volúmenes y espacios de trabajo para 250 usuarios por lo mínimo, y que suelen encontrarse en las capitales estatales. En el segundo se hayan las “regionales”, ubicadas en ciudades medias, y en el tercero las municipales, cuya dotación básica es de 1500 volúmenes y en las cuales se busca atender a “comunidades alejadas de los centros urbanos”_.
Sin embargo, su distribución sigue dejando grandes lagunas en las zonas rurales y también en las suburbanas, y sus usuarios (siete de cada diez, estudiantes de educación básica y media superior) las emplean todavía y antes que nada para sus tareas escolares, sin que se garantice la frecuentación de textos en cantidad, calidad y libre elección_.
Por ello se han intensificado los programas de aliento a la lectura, que la dirección de bibliotecas resume de la siguiente manera para el periodo de mayor intensidad, entre 1995 y 2000:
“Las actividades de fomento a la lectura realizadas durante este periodo (…) fueron en promedio por año 150 952 a las que asistieron 4 947 721 personas, de las cuales el 80% fueron niños y jóvenes…
“Especial lugar ocupó el Programa ´Mis vacaciones en la biblioteca´, concebido con el objetivo de convertir a estos espacios en un punto de recreación y entretenimiento, no sólo a través de la lectura, sino también de la organización de otras actividades educativas y culturales. Esto permitió a una gran cantidad de niños, jóvenes y adultos encontrar una manera diferente de pasar su tiempo libre. Durante este periodo los talleres fueron dirigidos, entre otras, a las siguientes temáticas: ´¡Pásame la receta!´ (1995); ´Al vuelo del poema´ (1996); ´Leyendo leyendas´ (1997); ´El mundo de las mascotas´ (1998); ´Los pequeños escribas´ (1999); y ´El mundo de los cuentos´ (2000). La asistencia alcanzó, en promedio, a los 2 millones de personas por año.
“La responsabilidad de esta instancia en materia de fomento a la lectura se concretó, a su vez, en el diseño y difusión de una amplia gama de propuestas didácticas. Por ejemplo, se llevaron a cabo actividades permanentes, apoyadas en su mayoría en una selección de efemérides que fueron publicadas por la misma dependencia y que sirvieron de referencia temática para la realización de actividades como, entre otras, la hora del cuento, los círculos de lectura y las tertulias_.”
Una parte del éxito del nuevo aliento a la lectura puede medirse por la continuidad de programas e incluso de responsables de ellos. Este es uno de los casos y Ana María Magaloni, quien ha sido confirmada en su puesto en el cambio de administración de 1988, sigue al frente del sistema bibliotecario. Para ella la experiencia ha demostrado “que no basta sólo crecer, sino que además se tiene que cuidar y mantener lo hecho”_. Este es el fragmento de una entrevista que se le realiza:
AÑADIDO:
( “EDUCACIÓN Y BIBLIOTECA”, NUM. X, P.46:A PARTIR DE “…en las bibliotecas se han organizado”, HASTA FINAL, SIGUIENDO MIS CORTES) 
Hay profesionales de la animación de la lectura que critican severamente la forma en que se ha conducido la nueva política bibliotecaria, porque les parece que reproduce los vicios del sistema educativo, concentrándose en la atención a las labores escolares_. Nadie expresa con mayor contundencia estas críticas, que la argumentación del Instituto de Cultura del Gobierno del Distrito Federal (ICGDF) al establecer su programa de Libro Clubes.
La descalificación empieza por señalar el pobre número y distribución de las instalaciones de la red bibliotecaria, “sus bajos presupuestos, colecciones no actualizadas y personal poco calificado”, que se traducirían en “numerosos trámites para obtener el préstamo de libros” y en un clima general en el cual campearían “las peores lacras del burocratismo”. Se subraya a la vez un aspecto que para el Instituto no tiene duda: tales espacios funcionan de hecho “como bibliotecas escolares”, a las cuales se asiste casi exclusivamente para hacer tareas, y que por ello y por su “pobreza” de títulos literarios, son incapaces de contribuir a la creación de auténticos lectores_.
Los promotores de los Libro Clubes parecen estar en lo justo en cuanto a la disposición del servicio para la mayoría de la gente, y lo demuestran respecto a la ciudad de México, donde para ocho millones y medio de habitantes hay apenas 24 bibliotecas públicas, dominadas por un “gran centralismo en su ubicación”_.
En cuanto a la labor de estas instancias como reales fomentadoras de la lectura, ésa y otras críticas se pronuncian por una forma única de efectiva apropiación de la lengua escrita: la que se produce en el contacto con la narrativa, la poesía y el teatro. La cuestión, como hemos visto, ha sido tratada por Silvia Dubovoy en Leer es Crecer, al reivindicar la lectura informativa y científica y el gusto por la imagen. En estos años la maestra abunda en el tema en un nuevo texto: Juguemos a Vivir_.

Balance hecho por Leer para ser mejores
(“AÑO DE LA LECTURA 1999-2000: DE PAG. 46: “Las bibliotecas públicas, constituidas”, A PAG. 47: requieren de apoyo y fortalecimiento.


Las publicaciones
En el mundo la literatura infantil y juvenil sigue experimentando una revolución, que cuenta con el apoyo de instancias, editoriales y premios bien reputados, y en México continua el florecimiento que busca dejar atrás “los esquemas educativos, moralizantes_”.
La época dispone, pues, de un gran número de autores y títulos. En nuestro país no se trata de un fenómeno al cual la promoción de la lectura se sume, sino que en gran medida arranca de ella, cuyos programas seleccionan y editan en grandes volúmenes buena parte de los materiales nacionales y extranjeros de calidad.
Como indicamos, durante la década la producción de libros pasa de 76 a 98 millones de ejemplares y de 11 833 a 16 003 títulos. Una porción de ella corresponde al Estado, quien no abandona la tarea de proporcionar publicaciones que no se rigen por la demanda del relativo pequeño sector de lectores habituales o con capacidad de compra.
En cuanto a las que se dirigen a la población abierta, no escolarizada, la responsabilidad pasa de la SEP a CONACULTA, quien queda a cargo de la DGP. Ésta resume así sus propósitos:
 “La necesidad de vincular más estrechamente cultura y escuela ha revelado el carácter estratégico que tienen el libro y la lectura en la educación y en el desarrollo personal de los individuos. El libro sigue siendo el instrumento privilegiado para la educación y difusión de la cultura…
“No nos será posible progresar en la tecnología del presente y del futuro sino mejoramos al mismo tiempo y sustancialmente la capacidad y los hábitos de lectura de los mexicanos_.”
Y define cinco líneas básicas: “1. Rescate y difusión del patrimonio artístico, histórico y literario de México. 2. Estímulo a la creación literaria a través de la edición y difusión del trabajo de los escritores mexicanos. 3. Apoyo a la docencia y difusión de la investigación en materia artística, histórica y literaria. 4. Fomento a la lectura con la edición de obras clásicas y contemporáneas en particular las dirigidas a jóvenes y niños, y 5. Enriquecimiento y diversificación de los acervos de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, con ediciones propias y coediciones pertinentes de utilidad para la red”_.
Se mantienen o renuevan colecciones exitosas como Lecturas Mexicanas, Cien de México y Cien del Mundo, y se agregan muchas otras: Biblioteca Universal, coedición de grandes obras de la cultura occidental, cuya recopilación y traducción se encarga a escritores y especialistas de diversos lugares de América Latina; Mirada Viajera, antología de la literatura de viajeros a nuestro país a lo largo de cinco siglos; los fascículos temáticos Pasajes de la Historia; la Biblioteca Mexicana, coeditada con el Fondo de Cultura Económica con participación de diversas instituciones privadas y públicas; Guardagujas, para narrativa original, y el Proyecto Editorial Tierra Adentro, que difunde el trabajo de los nuevos escritores nacionales, en particular del interior de la república; Tercer Milenio, Cultura Contemporánea de México…
Por aparte debe considerarse la labor de la dirección general de Culturas Populares e Indígenas, ahora adscrita al Consejo. Porque desde su nacimiento en 1978, sus publicaciones, si bien modestas, han tenido una contribución cualitativa en términos de la población a la cual atiende. En estos 1990 se acerca a completar 900 títulos en varias colecciones: Fiestas Populares de México, Pensar la Cultura, Culturas Populares de México, Arte Popular de México, Memoria Histórica, Letras Indígenas Contemporáneas, Lenguas de México, Cocina Indígena y Popular…
En conjunto, la colaboración de CONACULTA al fomento a la lectura se da por la triple vía de la publicación, de la distribución a través de la red Educal, y del aporte a acervos bibliotecarios o de promoción específica. La forma en que se incentiva directamente a ésta es por medio del recién creado programa Salas de Lectura, y de la edición de materiales para niños y jóvenes.
La literatura infantil y juvenil bien reconocida en México o en otros países, ocupa un espacio limitado, combinándose con obras de narrativa, teatro, divulgación del arte, de la historia y la ciencia, que resultan de los concursos convocados por la propia institución. La cantidad y gama de las colecciones es apreciable: Clásicos para Hoy, Un Día en la Vida de…; Encuentro, Barco de Vapor, Circo de Arte, Arte y Lenguaje para Niños; Arte para Niños, El Mejor Teatro para Niños, Fenómenos Naturales, Viaje al Centro de la Ciencia…
De esa forma en seis años se editan 1 200 títulos y 6 millones de ejemplares, cuya producción tiene para el Consejo un valor agregado en el volumen de coediciones: 60% del total. Gracias a ello “no sólo se abaten costos, se enriquece el catálogo propio y se promueve la industria editorial nacional, si no que se mejora la distribución y se llega con precios más accesibles al público, al tiempo que se dota de mejores acervos a las bibliotecas públicas a un costo más reducido”_.
En cuanto a esta labor editorial para niños y adolescentes tempranos, la industria privada, en particular la extranjera, abre crecientemente sus puertas a una verdadera oleada de narradores, sobre todo, pero también de poetas y compiladores y recreadores (de mitos, leyendas, literatura histórica clásica, canciones, etc.). Lo hace contagiándose del espíritu del fomento a la lectura, con un sentido editorial preocupado en precisar edades o niveles de desarrollo de los hábitos lectores.

A orillas del viento
A fines de 1991 el FCE da a la luz a este serie, que viene preparando desde la segunda mitad de los 1980. La componen de entrada dieciséis títulos regulares y cinco Especiales, como se los llama porque se trata de álbumes ilustrados, que su coordinador, Daniel Goldin, ha seleccionado y editado con esmero, dentro de un proyecto de concepción a largo plazo.
Poco antes el Fondo había tenido un papel destacado en el resurgimiento de la industria editorial, y con la nueva colección se decide a incursionar por primera vez en los libros infantiles y juveniles, participando de las inquietudes de la promoción a la lectura. Hay en ello también una razón económica, que debe tomarse en cuenta al observar el interés general de las editoriales por el género: “se supone que el ciclo de los libros para niños es más rápido pues retorna el capital [hasta 20 veces] más pronto”_.
“Nuestra idea original –dice Goldin en una entrevista de la época- era publicar una colección de libros singulares que mostraran la diversidad de propuestas estéticas en sentido gráfico y literario, de formatos e, incluso, de aproximaciones al concepto de lector. Creo que el espíritu que anima a la colección tiene mucho que ver con la alegría moral por la diversidad y con el mantenimiento de una cortesía fundamental con el lector. En otras palabras, no es sólo publicar libros raros o muy locos, como algunos han querido ver_.”
En otra entrevista se le pide a Goldin que abunde sobre el trabajo editorial de A la Orilla del Viento, a partir del concepto del “arte de la cortesía”:
(“DANIEL GOLDIN, EDITOR DE LIBROS PARA NIÑOS Y JÓVENES Y PROMOTOR DE LA LECTURA”, EDUCACIÓN Y BIBLIOTECA, NÚM. 94, 1998, P.10: DESDE EL INICIO DE LA RESPUESTA: “El ´arte de la cortesía…, HASTA EL FINAL DE LA PÁGINA.)_
La composición de la serie parece responder al panorama global del fomento en el país y en el conjunto de Latinoamérica. Por un lado incluye títulos reconocidos universalmente o en el marco de la lengua española o del subcontinente, que o no han sido editados en nuestra lengua o que no se publicitan en el país y en la región como se debiera. Por otro auspicia a escritores e ilustradores mexicanos, brasileños, argentinos, colombianos, etc., de mayor o menor nombre. Finalmente, se atreve a publicar obras controversiales. Parte de su producción proviene de los concursos que la colección establece y que gozan de reconocimiento internacional, en especial en Latinoamérica.
Si bien su primer propósito en este aspecto es sustentar la diversidad a la que Goldin se ha referido, partiendo de las facultades de un libro para su apropiación por el lector: “Creo que el proyecto se distinguió porque no hacíamos ninguna discriminación de la nacionalidad, del idioma, de la propuesta estética. Simplemente nos parecían libros vivos, de alta calidad y que le decían algo a los niños y no eran libros en donde forzosamente ellos se debían de ver reflejados mecánica o superficialmente.
“Lo que nosotros decíamos es que un libro creado en Inglaterra, por un autor inglés y que desde la obra habla de él mismo, puede también hablarle al niño de Oaxaca, de Chiapas, de la Sierra Tarahumara. Ahí es donde yo digo que lo importante es la apropiación, y lo demostramos. Demostramos cómo Wiily el Tímido, de Anthony Browne, era apropiado por distintos lectores, en distintas formas, sin decir ´Esto no es mío porque fue pensado por un artista inglés´. En ese sentido lo que decía es: ´Hay que generar libros que susciten el deseo de ser apropiados, que estimulen ese acto de apropiación”.
“O lo que es igual: yo me hago de un libro y digo ´Este libro me sirve a mí para pensar cosas, para decir cosas o para sentir cosas´, independientemente de si estoy obedeciendo o no a la voluntad del escritor o del ilustrador. Yo me hago dueño no sólo del libro, sino de mí, de mis emociones, de una posibilidad distinta de habitar el mundo._”
Hay también en esta obra del FCE una reivindicación de la lectura en términos no sólo del texto, sino de la imagen. El propio Goldin, respondiendo a una pregunta sobre las cualidades de los álbumes, explica:
“Una de ellas es la revaloración del lenguaje gráfico como un lenguaje con plenos poderes. Es algo sobre lo que hemos insistido mucho en el Fondo. Ante la andanada de comentarios de tantos promotores de la lectura sobre cómo la palabra ha perdido lugar frente a la imagen, nosotros respondemos que eso es sólo parcialmente cierto. Y que en lugar de lamentar la supuesta derrota de la palabra por la imagen habrá que empezar a tomarnos en serio la educación visual_.”
En la década la colección da forma a cerca de 300 títulos y con sus hermanas menores, Travesías y Vida y Palabras de los Indios de América, encuentra una forma de clasificación más flexible y atinada que la del conjunto de la industria privada, sobre los niveles de lectura: Para los que están aprendiendo a leer, Para los que empiezan a leer, Para los que leen bien y Para los grandes lectores.
Las colecciones del Fondo tienen presente el “peligroso” “fenómeno de la escolarización de la lectura”_, que hace a las editoriales despreocuparse de la distribución en librerías, una vez que grandes volúmenes de sus libros han sido comprados por el sistema escolar, propiciando otros vicios_.
La distribución abierta sigue siendo, sin embargo, una cuestión de difícil trámite en la república, donde las redes del mercado son muy modestas (en 1995 se asegura que no hay más de 200 libreros profesionales_) y continúan concentrándose en unas cuantas ciudades. La de Educal, que ha nacido en los 1980 para distribuir el fondo editorial de la SEP con los recursos e infraestructura del antiguo El Correo del Libro, tampoco va mucho más allá del Distrito Federal y de las capitales de los estados. A pesar de todo, cuando en 1998 se la reestructura, sus 81 establecimientos prueban las bondades de la iniciativa con una relativamente elevada cantidad de ventas_. 

Balance hecho por Leer para Ser Mejores
Respecto a las editoriales, el diagnóstico de este programa nacional en 1999 concluye:
(LEER PARA SER MEJORES,  DE PAG. 59: “En la actualidad,  la oferta editorial es insuficiente…” A PAG. 60: “…pretende volver asiduo a la lectura.”) _
En lo que respecta a la distribución a través de librerías:
(LEER PARA SER MEJORES, PAG.. 58, DE “El número de librerías…”, A FINAL DE PÁRRAFO: “…y de ampliación del conocimiento)._


Otros programas institucionales
Salas de lectura
En 1995 la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA, como parte de la “línea de política pública” que se establece entonces en México, Hacia un País de Lectores, da forma a este programa de fomento que es el más ambicioso fuera del sistema educativo y de la red bibliotecaria, con el concurso de los institutos de cultura de los estados, nacidos con la creación del propio Consejo.
Su objetivo es “propiciar el encuentro gratificante y significativo entre los lectores y los libros, a través de la creación de espacios en la comunidad (diferentes de las escuelas y las bibliotecas), en los que se realizan variadas actividades”_.
La población en la cual se pone “especial énfasis” son los jóvenes mayores de 15 años de edad, y los adultos, pero no está constreñido a ellos y con el tiempo niños y adolescentes tempranos son alcanzados por el proyecto. El propósito es crear estos espacios en donde quiera que estén dispuestos a darles vida “personas con liderazgo”, de manera voluntaria y gratuita, a partir de una dotación de libros proporcionados por el Consejo y con el apoyo de capacitación de éste. Los promotores y responsables pueden ser tanto “estudiantes, amas de casa, profesores, instructores comunitarios, bibliotecarios”, como “narradores orales, artesanos, matemáticos, y personas con muy diversa profesión, cuya tarea esencial es facilitar, acompañar y compartir la lectura con los participantes y fomentar la lectura en su comunidad”._
Las salas pueden establecerse, entonces, en “atrios, hospitales, parques, hogares, centros de readaptación social, oficinas, casas de cultura”, o ser itinerantes, “transportándose en maletas, canastas y cajas viajeras por ejidos, rancherías y sitios sumamente alejados de la cultura escrita”_.
Para iniciar los círculos, sus responsables asisten a un curso “en el que adquieren el conocimiento de herramientas teórico-prácticas que les permitirán efectuar diversas actividades al interior y al exterior de la sala de lectura“_. A partir de ello “elaboran un proyecto de trabajo viable y ajustado a su entorno”_:
A continuación “reciben un acervo de alrededor de cien libros [en los primeros años, y luego de 200] seleccionados para satisfacer diferentes intereses de lectura, así como descuento en las librerías Educal y la asesoría permanente de un grupo de especialistas”_.
Las actividades consideradas son la lectura en voz alta, la narración oral y escrita, el intercambio de opiniones y las reflexiones “tras leer los textos de variado géneros, temáticas y tratamientos, seleccionados en el paquete, y los que se aspira se alleguen las Salas, bajo un régimen de préstamo domiciliario”_.
Los principales compromisos que adquieren los promotores voluntarios, son realizar actividades de fomento “cuando menos una vez por semana, durante dos horas continuas”, enviar “trimestralmente un reporte de trabajo al instituto de cultura o consulado de su estado”, y asistir “a capacitaciones complementarias y encuentros con otros coordinadores para intercambiar experiencias”_.
Un año después del lanzamiento del programa, la DGP lo apoya con una colección de ponencias presentadas al Seminario Internacional de Fomento a la Lectura, que se realiza en cada edición de la FILIJ, y en 1998, en colaboración con la SEP y la Asociación Mexicana de Promotores de Lectura (AMPLC), convoca al concurso nacional “Historias de Lectura”, con el cual intenta dar a conocer “la gran diversidad de condiciones que conducen a las personas hacia los libros y a través de ellas estimular y hacer extensiva la invitación apara acercarse a la lectura”_.
Durante los primeros cuatro años el programa tiene alcances modestísimos, instalando apenas 40 salas a lo largo del país e interesando a un número de personas que no se precisa pero que sin duda es muy pequeño. Una docena de cursos de capacitación regionales y un par de encuentros nacionales por año, realizados a partir de 1997-1998, con la asistencia de entre 16 y 32 coordinadores de estos nuevos círculos de lectura, completan la iniciativa._
Es el programa Leer para ser Mejores, quien en 1999-2000 le proporciona un verdadero impulso, multiplicando casi por 20 los espacios (935) y las actividades de capacitación (47), para abarcar a la totalidad de las entidades, excepto Yucatán y Baja California Sur, con cantidades que en general oscilan entre 12 y 67 salas, si bien hay varios estados (Coahuila, Oaxaca, Querétaro, San Luis Potosí y Sonora) donde su presencia es más bien formal (de una a tres unidades)_.
Incluimos aquí fragmentos de documentos de la DGP que recogen el desarrollo y las particularidades del programa:
El cómo: (“PROGRAMA NACIONAL SALAS DE LECTURA”, LIBERÍA MEXICANA. DE PAG. 4, QUE INICIA CON EL TEXTO “La dinámica de este esquema de trabajo parte de la suma“, a FINAL DE PAG. 5_.) 
Estos son algunos testimonios de coordinadores de las salas: (“PROGRAMA NACIONAL SALAS DE LECTURA”, LIBERÍA MEXICANA: PAG.25, PRIMER TESTIMONIO; PAG. 26, SEGUNDO Y TERCER TESTIMONIO –BAJA CALIFORNIA Y PRIMERO DE CHIHUAHUA; PAG. 27, TOTALIDAD DE LAS PAG.; PAG. 28, PRIMER TESTIMONIO DE MONTERREY; PAG. 29, PRIMER TESTIMONIO; PAG. 30, TODOS LOS TESTIMONIOS MENOS EL SEGUNDO DE MORELOS; PAG.31, LA TOTALIDAD DE LA PAG.)_

El fomento a la lectura en México. I

Esto lo escribí en 2009 o por ahí, no recuerdo bien. Fue por encargo de las áreas relacionadas con el tema de SEP y FONCA.
Va por incluir cuanto se pueda, como borrador, en varias partes.
Los capítulos 1 y 2 irán cuando se dignen aparecer, jeje.




_______3. 1991-2000
En los 1980 ha evolucionado un discurso que en los 1990 se propaga. Un artículo de la revista Vuelta es eco de él, al comentar una encuesta de la Universidad de Colima en la cual se afirma que la “mitad de los hogares mexicanos donde vive algún familiar con licenciatura (es decir, cuando menos 16 años ´leyendo´) tiene menos de treinta libros”_. Vuelta atiende súbitamente al panorama de la lectura en el país, con lo que Felipe Garrido califica como una de las muchas “visiones apocalípticas” sobre el problema.
Tales visiones suelen relacionarse con la desazón ante el pleno predominio de los medios audiovisuales y digitales y las millonarias cifras de consumo de cómics, fotonovelas, revistas de espectáculos, de nota roja, de lucha, rosas, y se inclinan a la nostalgia por un presunto pasado de mayor tiempo dedicado a la buena lectura_.
Garrido responde “que en toda nuestra historia, la situación descrita es la mejor que ha disfrutado o sufrido el país”, y que las visiones apocalípticas revelan “la mucho mayor conciencia, la preocupación creciente que ahora tenemos sobre estos problemas, y eso mismo es un progreso”_.
Los números de nuestro trabajo bastan para corroborar un hecho que por lo demás una investigadora pone a la vista ahora, al revisar la obra posrevolucionaria en la materia_. A pesar de ello el rezago de la república siguen siendo, en efecto, brutal.
Si bien el régimen estadístico mexicano, no olvidemos, es de una terrible imperfección en nuestro tema, resulta un referente obligado. En cuanto a educación fija una frontera precisa marcada por el analfabetismo, que en 1990 en términos globales es del ocho por ciento.
Al descomponer la cifra encontramos un 13.7 por ciento entre los mayores a 15 años de edad, y una población de cuatro a 14 años cuyo ingreso a la escuela está certificado en un 94.6 por ciento. El promedio de escolaridad de los primeros es de 6.6 años, pero no es sino un promedio, y apenas uno de cada cinco de esos hombres y mujeres ha completado la primaria y uno de cada seis la secundaria_.
El cuadro dista de ser alentador en un doble sentido, por el determinante peso de la familia y del entorno social próximo en niños y adolescentes, evidencia confirmada en el país y en el mundo por la práctica y la investigación. Si en un mero ejercicio proyectáramos mecánicamente los porcentajes de analfabetismo y los grados de instrucción de los mayores de edad, encontraríamos que quienes cursan la educación básica, elevada ya a nivel de secundaria, en un aproximado 20 por ciento de los casos tienen padres de familia iletrados; en cerca de un 35 por ciento sin la primaria completa, y sólo en otro tanto con estudios medio-superiores y superiores_.
Es decir, y bajo el supuesto de que en la educación preparatoria, técnica y universitaria leer es un hábito más o menos bien arraigado, en cerca de dos tercios de los hogares no habría un ambiente mínimamente propicio al contacto con formas más o menos elaboradas de lectura. Aunque el supuesto es por demás discutible, de dar por bueno un estudio de la Universidad de Guadalajara (U de G), cuya conclusión es que en sus preparatorias el nivel de lectura promedio corresponde “virtualmente” al de alumnos de “tercer grado de primaria”_, y de considerar la mencionada encuesta de la Universidad de Colima.
En los 1980 se ha creado un nuevo y ambicioso sistema para alfabetizar o permitir terminar sus estudios primarios o secundarios a la población mayor a 15 años de edad, operado en su conjunto no por maestros regulares, sino por voluntarios que reciben una compensación. El sistema descansa en el Instituto Nacional de Educación Para Adultos y en una serie de programas de la SEP y otras dependencias, y ha tenido un impulso extraordinario.
Sus alcances han sido muy notables, logrando una inscripción promedio anual de 700 mil personas en primaria y de poco más de 200 mil en secundaria. Sin embargo sus resultados han estado muy lejos de cumplir las expectativas, con menos de cien mil alumnos por año titulados y una deserción altísima, que suele producirse al cabo de los primeros seis meses de estudio_.
El problema educativo general es tanto mayor, reparando en el rápido deterioro de las condiciones de vida del grueso de los mexicanos y mexicanas, que por fuerza deviene en la confirmación de “las estratificaciones sociales y en la segregación de grupos y comunidades enteras”, haciendo del “legado de la escritura” cada vez más un “patrimonio de sectores minoritarios”_.
El hecho resulta paradójico si se atiende a algunos de los fenómenos que caracterizan a la época. Por un lado, los niveles de estudio de las jóvenes generaciones son muy superiores a los de sus padres. Por otro, las mujeres se están integrando por primera vez en condiciones de igualdad a la educación e ingresan al mercado laboral en un porcentaje hasta hace poco insospechable_.  Finalmente, tienden a desaparecer históricos obstáculos nacionales para el acceso a la educación y la información, al casi terminar de invertirse la relación ciudad-campo (hoy de siete a tres a favor de la primera); al desarrollarse de manera excepcional los servicios de comunicación (telefonía, radio, televisión, carreteras), y popularizarse la computadora personal y el uso de Internet.
Sin embargo, la masiva pérdida de puestos de trabajo, la pauperización del empleo lo mismo en cuanto a salarios que a prestaciones y condiciones generales, y la condena a la desaparición de las fuentes de ingreso para la absoluta mayoría de los campesinos, producen para la población joven una falta de oportunidades, en relación a sus antecesores inmediatos, sin comparación en el último medio de siglo, e índices de pobreza y pobreza extrema que al concluir la década alcanzan a cerca del 40 por ciento de los habitantes del país, y que inciden, entre otras muchas cosas, en el incremento del trabajo infantil_.
Los efectos del proceso sobre la educación y sobre otros factores que afectan a la lectura, han comenzado a hacerse sentir en las postrimerías del decenio anterior.
A partir de 1983 la matrícula de la primaria se retrajo por primera vez en el México posterior a la Revolución_. Podría explicarse por el inicio de la merma en las tasas de natalidad, pero cuando se observa que en 1990 el 13.4% de la población de 6 a 14 años no asiste a la escuela_, aunque el razonamiento no se descalifica por entero, no basta. Así lo corrobora la baja sostenida, desde 1987, en el porcentaje de ingreso a los grados posteriores a la primaria_, y en el descenso absoluto en la secundaria durante 1989-1990: -2.02, frente al 10,38 de 1980-1981. Algo semejante sucede en todos los niveles, incluido el superior, cuyo aumento por año a principios de la década era de 7.40%, y que en 1989-1990 resultó marginal: 0.81%_.
Este es el panorama con el cual se encuentra la promoción a la lectura, en una república de profundos contrastes, empezando por la distribución de su gente. Las cuatro ciudades con más de un millón de habitantes (México, Guadalajara, Monterrey y Puebla), incluidas sus áreas metropolitanas, reúnen al 27% de la población, con la capital federal y su zona conurbada muy a la cabeza: 18.5% del total_. A cambio hay cerca de 2,200 localidades de entre 2 500 y 15 mil personas. Más allá, 154,016 asentamientos con menos de 2,500 habitantes_.
Son contrastes cuyas dimensiones en términos de acceso a la educación, exhibe la eficiencia terminal por entidad en la primaria: 28.2% en Chipas y 73.7% en Nuevo León, por ejemplo_.
En cuanto a las publicaciones, en 1990 no deben despreciarse los 13 millones de ejemplares semanales de diarios y revistas, ni los 11 millones de libros por año, si bien en ninguno de los dos casos se tiene idea del promedio de usuarios por cada uno de ellos. Un tema éste de consideración, en la medida en que encuestas y estudios puntuales demuestran la relativa frecuencia del préstamo y aun de la lectura en grupo.
No le falta razón, entonces, a quien ha prevenido de la dificultad para hablar de volúmenes e inclinaciones: “Los editores y libreros manejan cifras de lectores que corresponden a las ventas de sus libros (…) Los números que maneja la industria de la historieta pueden hacernos pensar que, optimistamente, la alfabetización en México no ha sido un esfuerzo inútil, así como, de manera pesimista, que la mayor parte de la población es analfabeta funcional”_.
De cualquier forma, como señala la estimación del mismo autor, quien se refiere a “entre 300 y 600 mil personas en el país que pueden y quieren comprar libros”_, nuestros estándares son muy bajos en relación a otros países. El hecho es particularmente dramático, contemplando un entorno mundial marcado por esa revolución tecnológica y del conocimiento cuyo ritmo no para de acelerarse; por la irrestricta competitividad que cada vez más rige en una economía crecientemente globalizada, y por el abundamiento de la brecha entre naciones ricas y pobres.
A partir de la crisis económica de 1994 se asiste a un asombroso desplome en el número de ejemplares del tipo de lectura más recurrente: las publicaciones periódicas. En seis años la cifra desciende de 805 millones a 329_.
Este trabajo no está en posibilidad de calcular los impactos de un suceso de tal magnitud, pero es obvio el reflejo en él del retraimiento del gasto familiar en cuanto queda fuera de las necesidades más perentorias, sin excluir la lectura. El mayor número de libros producidos en la época, que pasa de 76 a 98 millones de ejemplares y de 11 833 a 16 003 títulos_, no puede interpretarse como un avance neto, sino si acaso en sectores muy pequeños de un país cuya población se incrementa de 81 a 94 millones de personas_. Menos aún si observamos el auge que justo entonces comienza a vivir la literatura de autosuperación, de bajísima calidad.
Ciertamente, sin embargo, en la década el Estado vuelve a destinar mayores partidas a la educación, que se elevan del 4% del PIB en 1990, al 6.2% en 2000, permitiendo el aumento del número de escuelas (de 156 589 a 212 860) y de maestros (de1 090 696 a 1 427 658), para mejorar de manera sustantiva la relación alumnos-docente (de 36 a 20)_.
El esfuerzo se acompaña entre 1992 y 1995 con la firma de un Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica y una serie de reformas y programas, que transfieren a los gobiernos estatales la operación del grueso de los servicios de la SEP; que dan fin al desafortunado método de enseñanza de la materia de español introducido en los 1970, y que renuevan también la de maestros_.
La renovación incluye el sistema para adultos, que descubre sus debilidades en la muy desigual preparación de sus maestros voluntarios y en “la uniformidad de contenidos y la falta de adecuación a las necesidades de edad, sexo y ubicación geográfica y social”_.
Se abre paso así a una reconsideración muy amplia de la lectura. En 1995 el  Programa de Desarrollo y de Fomento a la Lectura y Escritura (PRONALEES), promovido por Margarita Gómez Palacio, se propone “de manera especial” estimular “desde los primeros años, el gusto por la lectura”_, y en 1999 se echa a andar otro, de vastas aspiraciones, para dentro y fuera del sistema escolarizado: Leer para ser Mejores_.
En todo ello el nuevo fomento juega un papel destacado como animador y transmisor de objetivos y fórmulas, en un periodo que representa su definitiva profesionalización, el asentamiento de las bases a partir de los cuales ha de levantarse su obra, y su pleno vínculo con lo que en la materia hace el resto del planeta.



La profesionalización
El Programa Nacional de Lectura puesto en marcha por el INBA en 1990, testimonia el apremio que en el momento se siente por dotar de herramientas a quienes se dedican a una labor cuya fuerza y cuya debilidad se encuentran en la dispersión de actores y actividades. El proyecto, se dice en su presentación, “es el resultado de aglutinar la diversidad de enfoques teóricos y experiencias”, conjuntándolas “en una metodología multidireccional”_.
Es necesario, se establece allí: “Constituir de manera permanente un núcleo operativo especializado que desarrolle las siguientes tareas: a) formación y capacitación continua de promotores de lectura, que puedan capacitar a otros monitores. b) investigación bibliográfica para realizar antologías de lectura de apoyo a los cursos de capacitación (…) d) orientación y asesoría permanente”_.
En los diez años a continuación, el espectro de los nuevos especialistas se vuelve muy amplio y abarca de funcionarios públicos a voluntarios de instituciones de asistencia privada, pasando por maestros, editores, creadores, investigadores. Su grado de profesionalización resulta, por lo obvio, muy dispar.
El sector más comprometido profundiza enormemente en el conocimiento teórico-práctico, en todas la áreas y funciones, involucrando en diverso grado a decenas de miles de personas. Su actividad trasciende a la prensa, a las comunidades, a las esferas intelectuales, entre las cuales, empero, no recibe sino un vago eco.
En 1996 un editorial de Espacios para la Lectura, publicación periódica de la Red de Animación del FCE, muestra la inquietud de los nuevos profesionales y el entorno en el que se desenvuelve:
“Cuando Espacios (…) era sólo una idea, algunos amigos nos preguntaban si el tema daba para hacer una publicación periódica. La pregunta no era fatua. Revelaba cómo ese ámbito, que por otra parte es muy difícil de delimitar para la mayoría de las personas, incluso para los intelectuales, está más lleno de verdades aceptadas que de incertidumbres.
“La lectura es –todos lo reconocemos- tal vez es más valioso instrumento para la comunicación de las ideas y del pensamiento. Pero, cuando intentamos definir con mayor precisión a qué nos referimos con ese término, descubrimos una complejidad insospechada. Sumergirse en esa complejidad es la única vía para esclarecer las muchas dudas que surgen en la práctica a quienes estamos de alguna manera vinculados con ella”_.
Según veremos más adelante, la investigación es sistemática y hay un constante intercambio de conocimientos con el resto del mundo, que ahondan en la riqueza sobre la cual Espacios advierte. Ésta muestra a su vez la que ilumina el trabajo de los promotores.
Para uno de ellos, Gerardo Cirianni, ocupado en tareas de capacitación en Rincones de Lectura, y cuyas reflexiones y propuestas empiezan a servir de guía a algunos, no hay jornada, en especial en las zonas rurales, pero no sólo en ellas, en la cual deje de parecerle que afloran orígenes lingüísticos de alumnos y maestros, que suelen darse por desaparecidos, sin efectos sobre el presente.
En Tetelcingo, Morelos, la capacitación a docentes que servirán a su vez de capacitadotes, le recuerda una más o menos larga experiencia entre maestros tzotziles, tzetzales, choles y zoques chiapanecos, “bilingües”. Había entendido con ellos “que el hecho de que una persona formalmente diga que habla castellano, no implica que lo hable realmente, sino que tiene en el castellano una lengua que utiliza para cosas muy específicas, con la que puede resolver problemas muy específicos”_.
Lo curioso es que en Tetelcingo hacia 1992 el nahua, habla tradicional de la zona, se considera extinta. De todas formas, la manera de dar vueltas alrededor de un tema, sin ir directo a él, al promotor le trae a la mente su estancia en Chiapas. Entonces cae en cuenta de que los maestros con los cuales trabaja, en su mayoría de 35 a 40 años de edad, han crecido en una región en la que en los 1960 el porcentaje de quienes empleaban aquella lengua indígena era muy alto. Puede suponer, pues, que “aprendieron a hablar el castellano en la escuela, etcétera, pero convivieron permanentemente con el nahua”_.
La experiencia y la observación sobre ella, a la cual el propio Cirianni no confiere valor de verdad comprobada, demuestran qué tan intrincada es la materia en la cual se introducen los profesionales en desarrollo.
Justo por esos años Julio Hernández Zamora realiza una investigación en secundarias públicas del estado de México “para conocer las concepciones y prácticas pedagógicas sobre la lectura y la escritura”_. Entrevistando a 25 maestros, encuentra sin falta la afirmación de que a los alumnos “ni les gusta ni saben leer”, y a cambio observa la frecuencia de lecturas “no pedidas por la escuela” (“Ese tipo de lecturas. ¿Perdida Inocente?, o ¿Nacida Inocente?, sobre drogas y todas esas cosas”), que los jóvenes se prestan unos a otros y a veces leen colectivamente en voz alta_.
El investigador inicia así un camino crítico que en los años 2000 le llevará a decir: “Un punto crucial de todo debate serio sobre la lectura y los lectores en las sociedades democráticas contemporáneas es quién define lo que es leer. En México, este debate es simplemente inexistente”_.
La aseveración va a contracorriente de las opiniones de cuando menos un sector de quienes en los 1990 se dedican al fomento. Nuestro propósito al incluirla es no más que ejemplificar la complejidad a la cual nos referimos, entre una proliferación de encuentros, cursos y seminarios nacionales e internacionales.


Una breve mirada de conjunto
Salvando sexenios el gran programa escolarizado de fomento, Rincones de Lectura, crece sin parar igual en publicaciones que en escuelas, alumnos y maestros alcanzados, y en actividades de promoción, capacitación y seguimiento, y se da forma a otros bien sustentados, institucionales y no institucionales, que aspiran a desarrollarse en zonas urbanas y rurales. La red bibliotecaria no para de ampliarse en establecimientos y actividades destinadas a familiarizar al usuario con los libros y mejorar sus hábitos lectores.
Las publicaciones orientadas por el fomento también fuera del sistema escolarizado, en particular para niños y adolescentes tempranos, son de una calidad y un número inimaginable hace apenas unos años, gracias antes que nada a las colecciones de CONACULTA y del FCE, y las grandes ferias creadas en los 1980 sirven de modelo a las que ahora empiezan a extenderse por el país. El flujo de conocimientos con el conjunto del mundo, como queda dicho, es intenso, y ciertas acciones en común con Latinoamérica se concretan más allá del corto plazo.
Los avances se hacen contra inercias y ópticas sociales e institucionales, sobre las cuales a lo largo del decenio Felipe Garrido hace una serie de apuntes. Uno es de los años iniciales, cuando presenta a la U de G, por cuya iniciativa se ha creado la FIL de Guadalajara, un proyecto de Centro de Estudios de la Lectura, cuya pertinencia debería quedar comprobada para la institución por el estudio sobre los hábitos lectores de sus alumnos de preparatoria, al cual nos hemos referido. La respuesta que encuentra es un seco no: la universidad cree con la FIL cumplir su responsabilidad en cuanto al problema_.
Más tarde Garrido topa con un concurso de lectura en las escuelas de Guanajuato, que le recuerda la persistencia de viejas prácticas devenidas del régimen posrevolucionario, sin importar que éste se halle en declive. Se trata de hábitos en los cuales las virtudes del lector se estiman en cuanto a “postura, fluidez, acentuación, puntuación y pronunciación clara”_, sin atender en absoluto a la real apropiación de lectura.
En 1996 mueve otra vez la cabeza de un lado a otro, contemplando las conclusiones a las que llega la revista Vuelta, de las cuales hablamos. Aunque lo que en verdad le preocupa es que “en muchos esta conciencia no haya pasado de una etapa enunciativa”_. Y lo dice cuando se ha convertido en el nuevo titular de Rincones de Lectura: “difícilmente podremos encontrar a ninguna autoridad política ni educativa que se manifieste en contra de la lectura”, pero al “pasar a los hechos (…) la situación cambia. Cuando se trata de asignar presupuestos y personal a los programas de formación de lectores, se descubre que esas mismas autoridades no tienen ninguna intención de combatir el problema”_.
En las siguientes páginas, al final de cada ámbito recurrimos a los balances que en 1999 hace Leer para ser Mejores, el programa global concebido por el gobierno de Ernesto Zedillo para ése año y el siguiente, último de su administración.


domingo, 26 de mayo de 2019

A nombre de la esperanza

La foto podía ser de 1959 o ahora. Si quitamos detalles, incluso pudieron tomarla hace quinientos años.

Intentaré hacer un libro que esté terminado muy pronto. Un régimen de cien años se desmorona por una insurrección electoral que continúa tercas, históricas luchas populares. Cronicado, irá de 1959, inicio del movimiento que dirige Genaro Vázquez, al presente del movimiento social, con los hitos que conozco: ascenso obrero desde los 60s hasta 1981; luchas inquilinarias en el DF entre fines de los 70s y el sismo; la APPO y el movimiento magisterial de 2013 al 16. 
Aprovecharé para citar grandes trabajos olvidados.


Estamos en el verano de 2016 y pregunto a las y los compañeros que ocupan "el zócalo" de Atoyac, sin fecha determinada para marcharse.
-¿Como era antes?
Me refiero a la plaza, donde cincuenta y ocho años atrás (1960) la Asociación Cívica Guerrerense (ACG) y la Central Campesina Independiente (CCI), recién creadas, celebran un mitín. Génaro Vázquez dirige ambas, a cuya fundación recién convocó.
Demandan ahora la renuncia del gobernador y
policías judiciales dirigidos por caciques abren fuego. Cinco manifestantes y dos policías caen muertos y al aparacer el ejército se detienen los disparos. 
Terco pueblo este nuestro, a primera vista sus grandes reclamos fueron silenciados en septiembre pasado, cuando fuerzas federales terminaron con la irrupción general obrera encabezada por el Sindicato Nacional Ferrocarrilero.
Trazar cómo ideas y luchas populares van relacionándose, es misión mayor y si me separo un poco de las historias que sigo, sin duda llegaré al cardenismo, por varias razones. Lo olvido para no confundirnos. 
Como sea, ese 18 de mayo ramata una serie de manifestaciones y la breve detencion sufrida por Genaro en Teleolapan, sobre la región Norte, hace tres semanas. Todo anda rápido, ya vemos, y casi apenas paran los disparos él y otros compañeros cumplen su promesa: se echan al monte. Este estado es único para ello, gracias a su intricada geografía y el abandono en que lo mantienen. No por nada los independentistas prácticamente derrotados encargaron a Vicente Guerrero la última dirección del movimiento.
SIGUE, CLARO
Avanzado en guión hasta 1985.